A mi papá: Todo empezó cuando tu alma floreció

Todo empezó cuando tu alma floreció.


Fuiste un niño, y aprendiste a valorar las mejores partes de la vida: el honor, la dignidad, la verdad, el amor, la naturaleza, y aunque no lo hayas sabido en ese entonces, te encontraste a ti mismo con tu propia fe. Tu alma empezó a brotar de tu cuerpo como una nueva hojita de planta destinada a ser árbol.


Pasaste por muy buenos amigos. Unos te enseñaron lo bueno, otros lo malo, pero todo eso te sirvió para aprender el valor absoluto de lo que es gravitar entre lo negativo y lo positivo. Esto también te ayudo a fortalecer tu fe. El joven árbol de tu alma siguió creciendo, y sus raíces también.


Tuviste grandes metas, y grandes curiosidades. Buscaste las grandes verdades de un mundo que conquistar. Tu amor al intelecto y la curiosidad por entender al mundo un poquito más te llevo a los estudios, donde ahí conociste a mi mamá. Practicaron el amor, y juntos mezclaron todo lo que habían aprendido de ese amor comunicado que heredaron de mi cuatro abuelos. Fue tan grande la química que hizo nacer a una de las almas más bondadosas que conozco en este mundo: mi hermanita Fiorella. Y es que así es la alquímica del amor – se juntan las mejores cualidades que traen una pareja y se crea un amor materializado de mucha más pureza. Tu árbol sacó su primer fruto.


El amor fue tan fuerte que le regalaron al mundo tres almas más. Las dos almas que fueron tú y mi mamá se olvidaron que eran almas por un ratito, pero asumieron su importante rol de padres y no nos dejaron de enseñar y de amar. Tu árbol del alma siguió creciendo – más ramas, más frutos, y se seguía proyectando hacia el sol.


Nuestras memorias fueron todas cálidas, papá. Cuando pasábamos a la tienda en Salaverry a comprar golosinas y las compartíamos. Cuando íbamos a la playa con los hermanos. Cuando te dormías en la iglesia. Cuando salíamos a comer triples después de una película en el cine Porteño en el Callao. Cuando íbamos al mercado juntos. Cuando compartíamos un plato – el lomo saltado con arroz chaufa en Avenida Rep de Panamá. Los viajes en las combis. El pionono que comimos juntos después de una vigilia en la iglesia. Tu maletín con los documentos y artículos de trabajo. Todos los días en Gubeza – yo de 9 años tratando convencerte de comprar una compu, y actuando como un “cliente satisfecho” por el teléfono, haciéndote reir. Cuando cantabas en la bañera, convenciéndome de que el agua fría era la más rica. Tu cabello ondulado creciendo hacia atrás y tu barba delgada y negra. Tu risa tan hermosa. Tu sonrisa eterna e inmortal. Las muchísimas memorias más tiernas e infantiles que aun trato de recordar. Cada memoria es una hoja hermosa en este árbol de tu vida.


Te amo tanto por lo que nos enseñaste. Para mí no solo tienes identidad de padre, sino que de hombre realizado espiritualmente. Desarrollado por los percances y los errores de la vida. Te conozco como ese niño que me imagino que fuiste, ese joven lleno de optimismo y amor, y luego como el padre que conocí en mi infancia y ahora. Conozco muy bien tu desarrollo porque ese mismo desarrollo lo estoy pasando yo. Yo soy tu fruto del árbol del alma, y ese fruto ya es otro árbol. Poco a poco vamos a seguir encontrando más árboles en este bosque espiritual.


Eres un modelo a seguir, de amor, fe, y pureza de corazón. Me enorgullece saber que otras personas te consideren un padre. El universo no me ha quitado nada. Me ha ayudado a definir tu propósito para así nosotros seguir practicándolo con más seriedad en nuestra juventud. Y aunque mi corazón se parte en mil pedazos al saber que no te voy a poder ver en mi boda, y no le voy a poder dar a mis hijos esa figura de abuelo que ellos se merecen tener, sé que todo lo mejor de ti lo puedo encontrar en mis hermanos, en mis primos, en nuestras amistades, y en todas las personas que tú influiste. La comunidad entera serán los abuelos que en tu cuerpo material tú no podrías ser, pero espiritualmente tú estarás con nuestra descendencia.


Te amo muchísimo, papi. Tus abrazos siempre fueron los más tiernos, tus ojos siempre van a ser el resplandor de mi vida, y ese árbol que es tu espíritu siempre será mi apoyo y mi sombra cuando mi alma te visite.


Fuiste un padre espiritual, escribiste un libro espiritual, y sembraste un árbol espiritual que siempre nos va a acompañar.


Pasaste de ser Alberto, a ser mi Alba Abierto.

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